La broma de dos horas que se convirtió en una moneda de miles de millones de dólares (y la perrita real que nunca supo que era millonaria)
Llegamos a la publicación número 20 de esta serie con una historia que, a diferencia de casi todas las anteriores, no empieza con codicia ni con un error costoso. Empieza con una broma que se salió de control de una forma que nadie, ni sus propios creadores, vio venir.
Diciembre de 2013. Billy Markus, un programador de IBM, y Jackson Palmer, que trabajaba en marketing en Adobe, pensaban lo mismo sobre el mundo cripto de ese momento: que se estaba tomando a sí mismo demasiado en serio. Cientos de nuevas criptomonedas aparecían cada semana prometiendo revolucionar las finanzas globales, con discursos grandilocuentes y sitios web ultra serios.
Palmer, medio en broma, publicó en redes la idea de invertir en una supuesta criptomoneda inspirada en "Doge", el meme del momento: la foto de una perrita Shiba Inu japonesa llamada Kabosu, con esa mirada de reojo levantando las cejas que la había hecho viral en foros de todo internet, acompañada de textos en inglés mal escrito a propósito, en tipografía Comic Sans de colores. Pura parodia de la seriedad cripto, nada más.
La reacción fue tan positiva que Palmer compró el dominio dogecoin.com casi de inmediato. Markus lo contactó, y en cuestión de horas de trabajo real (se dice que apenas unas dos o tres horas de programación tomando código ya existente de otras monedas), lanzaron Dogecoin de verdad, el 6 de diciembre de 2013. Ni Markus ni Palmer pensaron que estaban creando algo que duraría más de unas semanas como chiste de internet.
Y aquí está lo insólito de esta historia: la broma nunca murió. Todo lo contrario. Dogecoin desarrolló una comunidad genuinamente activa y generosa (llegó a financiar cosas como enviar al equipo de bobsled de Jamaica a los Juegos Olímpicos de invierno de 2014, algo que ninguna otra criptomoneda "seria" había hecho). Con los años, y sobre todo con el respaldo público y constante de Elon Musk en redes sociales, Dogecoin llegó a tener una capitalización de mercado de decenas de miles de millones de dólares, a pesar de no tener límite máximo de monedas y de haber nacido, literalmente, como un chiste sobre lo ridículo que era todo esto.
Pero la parte que más me conmueve de esta historia es la de Kabosu, la perrita real detrás de la cara del meme. Atsuko Sato, su dueña, una maestra de jardín de infantes japonesa, la había adoptado de un refugio de animales en 2008 y simplemente publicó sus fotos en un blog personal, sin la menor idea de que años después su mascota terminaría siendo la imagen no oficial de una de las criptomonedas más conocidas del mundo. Kabosu nunca sacó ni un centavo de todo el dinero que circuló con su cara. Vivió sus últimos años como una perrita común, querida por su dueña, ajena por completo a los miles de millones de dólares en Dogecoin que existían gracias a esa foto suya del 2010.
Kabosu murió en mayo de 2024, a los 18 años, rodeada del cariño de su dueña. La noticia generó una ola real de tributos de toda la comunidad cripto, incluidas figuras importantes de la industria, despidiendo, con genuino cariño, a una perrita que sin saberlo se había convertido en parte de la historia financiera de internet.
Lo que más me deja pensando de esta historia, después de veinte publicaciones contando fraudes, hackeos y fortunas perdidas, es que a veces lo más insólito de todo este ecosistema no es el dinero ni el desastre. Es que una parodia hecha para reírse de la codicia terminó generando una de las comunidades más leales y generosas del espacio cripto, mientras la verdadera protagonista de toda la historia nunca entendió, ni falta que le hizo, por qué tanta gente la quería tanto.
¿Tú qué crees, Dogecoin sigue siendo una broma que se le fue de las manos al mundo, o ya se ganó un lugar legítimo en la historia cripto después de más de una década?
(El viernes cerramos la semana 7 con otra historia insólita más.)
