El corte ocurre en un minuto específico, pero la pérdida se entiende más tarde. Antes del evento, equivocarse era barato. Después, cualquier ajuste implica asumir el resultado tal como quedó. La persona no perdió por ejecutar mal, sino por no decidir a tiempo.
No hubo una señal clara de urgencia. Solo un límite que, una vez superado, redefinió qué errores seguían siendo corregibles y cuáles no. Cuando intentó intervenir, el sistema ya no distinguía entre intención y ejecución.
Lo que se perdió no fue una oportunidad abstracta. Fue la posibilidad concreta de cambiar una decisión que ya quedó cerrada.
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