Recuerdo cuando empezó a quedar claro que la inflación estaba en marcha, mucho más de lo que cualquiera habría imaginado hace apenas unos meses. Lo veía cada día en las cifras: los costos del acero subían como la espuma, los salarios seguían el mismo camino, y los precios de prácticamente todo aumentaban. Era imposible ignorarlo, incluso en nuestras operaciones de construcción de viviendas. Tengo nueve constructores de viviendas, además de la empresa más grande del país en viviendas prefabricadas, así que puedo decir con certeza que los costos no paraban de crecer.
Al principio pensé que era temporal, que cuando los estímulos cesaran, la demanda bajaría y todo se estabilizaría. Pero estaba equivocado. Las tiendas de muebles, por ejemplo, estuvieron cerradas seis semanas, y cuando reabrieron, la gente se lanzó a comprar como si los productos fueran a desaparecer. Ni siquiera les importaba esperar meses para recibir sus pedidos. Se convirtió en un ciclo interminable de precios al alza y una demanda insaciable.
Llamo a mis gerentes semanalmente, revisamos las ventas en Chicago, Kansas City, Dallas, y la historia es la misma: la gente sigue gastando, los precios suben y nadie pestañea. Es fascinante y aterrador a la vez. Estamos en una economía al rojo vivo, con dinero fluyendo por todas partes.
Pienso mucho en lo que esto significa para el futuro. Con esta inflación, los ahorradores que confían en bonos del gobierno o en dólares fijos están condenados a perder poder adquisitivo. Lo digo claramente: la inflación es un impuesto invisible, y la mayoría no se da cuenta de cómo los afecta hasta que es demasiado tarde.
En mi experiencia, hay dos protecciones contra este fenómeno. La primera es invertir en ti mismo. Si desarrollas tus habilidades al máximo, si eres el mejor en tu campo, siempre tendrás una parte de la economía, sin importar qué pase con el dinero. La segunda es poseer un negocio extraordinario, como Coca-Cola, que no necesita capital constante y mantiene su relevancia con el tiempo.
No soy ingenuo. Cometer errores es parte del camino, especialmente en los negocios. Pero lo que realmente duele son las oportunidades perdidas, las decisiones que no tomé cuando tenía toda la información para hacerlo. Esos momentos me recuerdan que no puedo quedarme paralizado.
Hoy en día, trato de centrarme en lo que puedo controlar. Mis inversiones están donde entiendo la economía de los negocios a largo plazo. No invierto en modas, por más atractivas que parezcan. Y en mi vida personal, elijo rodearme de personas que admiro, que me inspiran a ser mejor.
No sé qué traerá el futuro, pero estoy convencido de que la mejor decisión que alguien puede tomar es trabajar en sí mismo, mejorar constantemente y buscar hacer lo que realmente ama. Esa es la única inversión que nunca falla. Comenta y comparte con un amigo.
